Revista Maru
 Último momento

 

Leer en

Nosotras

Domingo 28/04

¿Cuáles son las cosas que no te bancas de tus vecinos?

Chusmas, quejosos, metidos, exhibicionistas… Todo esto y mucho más es lo que podés encontrar en la puerta de al lado de tu casa. Tips para sobrevivir a estas pesadillas.

La amistad con los vecinos puede pasar por momentos difíciles. Foto: Corbis

Por Verónica Salatino

La convivencia es una de las experiencias más difíciles que tenemos que atravesar en esta vida. Y la situación empeora cuando, encima, aquel con quien debemos vivir en armonía no es alguien a quien hayamos elegido ni por el que sintamos algún tipo de afecto o estima. Porque una cosa es tener que soportar el malhumor de tu marido a la mañana, sus medias tiradas en el piso del baño justo al lado de la toalla mojada, sus ronquidos por la noche, sus contestaciones poco amorosas cuando quiere mirar el partido, su ineptitud para agarrar una escoba, su capacidad para obviar cosas tales como sacar la basura, su cara de póker a la hora de poner la mesa y hasta su hipnosis adolescente frente a la Play Station (¡uf! ¡Perdón por la digresión, pero era necesaria!). Ahora, tener que soportar todo eso, y más, de un ignoto, es demasiado.

Es que están los simpáticos, educados y solidarios, pero también están –y abundan– los vecinos maleducados, insoportables, que pareciera que pelean todo el día solo para demostrar que siempre tienen razón. O los otros: los que llegaron tarde a la repartición de vidas y no tienen una propia, por lo que se la pasan metiendo las narices donde nadie los llama. ¡Tranquila! No sos la única que los sufre.

El quejoso

Al principio es simpaticón porque es el que se encarga de poner el pecho por todos, de señalar aquellas cosas que están mal en el edificio, por lo que hasta nos está haciendo un favor. Así, ese señor (aunque, digamos la verdad, por lo general este rol lo cumplimos más las mujeres… ¡shhh!) se merece nuestro respeto y sonrisa cuando lo cruzamos en el ascensor, porque es el que logró que finalmente el administrador cambiara la cerradura y el encargado lustrara hasta dejar brillantes como el sol cada uno de los picaportes. Pero lo bueno dura poco y un día, el vecino rebelde que merecía toda nuestra admiración se convierte en una verdadera pesadilla porque no solo se queja por aquello que está mal, sino también por lo que está más o menos, lo que está bien, lo que está perfecto y lo que no le corresponde. ¡Es más! Empieza a quejarse de nosotros, de nuestras costumbres, horarios, ruidos, silencios y olores. Y el muy cobarde –porque sí, así somos, y de un día para el otro pasó de ser un superhéroe a convertirse en una verdadera gallina– no es capaz de venir a tocarnos la puerta y decírnoslo en la cara. ¡No! Manda al administrador a intervenir, hace lobby con otros vecinos a los que les llena la cabeza en contra nuestra (los mismos vecinos a los que la semana que viene criticará a sus espaldas), o le pide al encargado que nos llame la atención. Y lo peor de todo es que no tiene razón. Porque si se estuviera quejando de la música fuerte o de conductas inapropiadas, vaya y pase. Pero no, el señor se queja de lleno: que los chicos abren y cierran la puerta demasiado fuerte, que el perro ladra, que escuchó las patitas del gato en su techo o simplemente que no le gusta tu cara.

El ¡insoportable!

¿La solución? Si no sos (todavía) el blanco de las quejas de este buen vecino, tampoco te conviertas en su cómplice. Es decir, no le prestes tu oreja para escuchar ninguna de sus quejas, ni siquiera las que compartas, para así evitar incentivarlo y hacerlo crecer. Y si vos o tu familia son los destinatarios de sus quejas, entonces encaralo amable y suavemente. Por lo general, este tipo de personas no están preparadas para dialogar amorosamente, solo conocen la queja, el conflicto, y si le hablás con respeto y hasta dándole a entender que comprendés su malestar y que harás todo lo posible por evitar esas situaciones, pero que él también comprenda que son cosas de la vida diaria, seguramente tendrás buenos resultados.

El chusma

Los vecinos se enteran de muchas cosas que nos pasan. Foto: Corbis

Sí: "el" chusma, porque no solo nosotras cotilleamos. Ellos también lo hacen, y tan mal que deberíamos ponernos una academia para enseñarles de qué se trata esto. Y el que diga lo contrario, que venga a vivir a mi barrio que le presento a un par de vecinos que sin ruleros, batón, chancletas ni escoba se la pasan metiendo las narices donde nadie los llama, inventan historias dignas de Spielberg y después te miran con cara de "yo no fui". Porque esa es una de las características de los y las chusmas: ¡alucinan y, obvio, no se hacen cargo! Ellos interpretan, reinterpretan y vuelven a interpretar de maneras realmente sorprendentes la realidad y así, de situaciones tan simples y cotidianas como, por ejemplo, que tu marido llegó un poco más tarde porque tenía una cena de trabajo y vos saliste a la mañana siguiente con anteojos de sol para taparte las ojeras, ellos aseguran que estás por separarte, que él ya tiene a otra con la que pasó la noche y que vos estuviste llorando porque no lo podés soportar. Y ahí echan a rodar la bola de nieve que, a medida que pasa de boca en boca, se hace cada vez más grande y cuando llega a vos, ¡pum! Te aplasta.

Tip: aquí, al igual que en el caso anterior, lo mejor es no hacer crecer a este personaje. No participes nunca de sus chismes (aunque te esté contando el más jugoso del mundo). Y si sos la protagonista de sus historias y te enterás, tocale la puerta y sin furia preguntale por qué dice esas cosas e invitalo a que la próxima vez que tenga alguna duda, te lo pregunte directamente a vos. Verás cómo no te molestará más. Eso sí, siempre de manera amistosa. Si vas al choque, solo lograrás embarcarte en una gran discusión y en un ida y vuelta de acusaciones que te restarán energía y no resolverán el problema.

El irrespetuoso

No hablamos del que no saluda cuando te cruza en el palier. ¡No! Sino del que hace lo que quiere, sabiendo incluso que no debe, que está pasando por encima del resto, del reglamento de copropiedad, del sentido común y de las normas de seguridad. Así, tenés al que "guarda" garrafas en el balcón, el que se apoderó del pasillo para estacionar su bicicleta, el que se llevó la pelopincho a la terraza para que el nene se refresque un rato, el que te hace el asadito en el patio (¡o en el balcón!) y te obliga a cerrar la ventana para que no se te llene la casa de humo, y hasta el que te levantó una medianera que no correspondía o se apoderó de parte de la vereda. También está el que te pone cara de "no entiendo qué estoy haciendo mal" mientras se agranda dos metros el patio por sobre un jardín común a todos. Como asegura el refrán, hay de todo en la viña del Señor. Estos, por lo general, nos sacan de las casillas y logran despertar nuestros más bajos instintos porque se niegan, ya sea a los gritos o con sonrisita de mosquita muerta, a dar marcha atrás y subsanar su error. Por el contrario, le dan para adelante y a veces, incluso, redoblan la apuesta.

Aquí tenés primero el camino de la conversación amena para ver si entran en razón y entienden que lo que están haciendo está mal. Insistimos: amena. Con este tipo de personajes, si sos agresiva solo lográs el efecto contrario al deseado. Si a pesar de tus buenos modos y oportunidades insisten en su conducta, entonces acercate al consejo vecinal, la municipalidad o el organismo que corresponda que sabrán asesorarte sobre los aspectos legales. Hoy, incluso, hay mediadores vecinales que pueden ayudarte.

El extrovertido

Acá entran varios, pero todos tienen en común que comparten la filosofía de Moria ("todo lo que entra tiene que salir"). Está el gritón que habla por teléfono a un volumen tal que estás segura de que su interlocutor lo escucharía igual sin necesidad del aparato tecnológico; el que levanta la voz para discutir con su pareja o para retar a sus hijos y llega a partirte el alma de pena por esos pobres niños que deben soportar semejante sermón; el que está feliz y canta a alarido pelado (y, por Ley de Murphy, siempre elige los temas que más odiás); el que, cuando te lo cruzás en el pasillo, te cuenta cada detalle de su vida mientras vos estás apurada porque llegás tarde a retirar al nene del cole; y el que está orgulloso de su cuerpo y se pasea en ropa interior con la ventana abierta.

Según la situación, el camino a seguir. Si tu vecino habla muy fuerte o canta, podés tocarle la puerta y hacerle saber, amablemente, que te gustaría que continuara con su actividad, pero sin que vos te enteres de lo que está haciendo. ¡Ojo! No le prohíbas que continúe con sus cosas porque no tenés derecho, pero sí, en cambio, lo tenés a la hora de pedirle tranquilidad y silencio. En el caso del maltratador de hijos y pareja, podés intentar, con suavidad, hacerle saber que esas actitudes no son las correctas ni buenas para la convivencia, pero por lo general este tipo de personas no saben controlar sus impulsos y así entiendan lo que les decís, la próxima vez que se enojen con sus hijos volverán a gritar. Si la situación es realmente insoportable, acudí al municipio o conversá con los vecinos para tomar acciones más formales de manera conjunta. Para el que se pasea en ropa interior, tocale el timbre ¡y regalale una bata o cortinas!

También pueden ser compañeros y ayudarnos. Foto: Corbis

El ladrón/amarrete

El que te roba el diario de la puerta de tu casa todos los domingos y te obliga a levantarte al alba el único día en el que podrías dormir un poco más, solo para ganarle de mano y evitar que te lo saque, merece todo nuestro repudio. ¡Ni hablar del que te saca los sifones de soda! Algunos, con justicia, lo califican como ladrón (o, en confianza, chorro) mientras que otros creen que se trata de un simple amarrete que prefiere guardarse la platita en el bolsillo mientras disfruta de un vermut con tu soda y lee tu diario. Pero también están los otros: los tacaños que se hacen los amigos, que te tocan la puerta de tu casa a las 9 en punto de la noche, cuando el chino está todavía bajando las persianas, para decirte que, ¡oh, casualidad!, se dio cuenta hace medio segundo de que le faltaban dos tazas de arroz para hacer el risotto que ya tiene en plena cocción. Y con una sonrisa de oreja a oreja y dos tazas en sus manos te pide que le cedas tus granitos. Y se los das porque no querés pecar de mala vecina, pero a la semana siguiente se quedó sin azúcar, y a la otra sin aceite, y un día te está pidiendo unas galletitas dulces para convidarle a la suegra, que está por llegar a tomar el té.

¡Qué difícil! Porque no podés acusar a nadie sin pruebas y no es justo que te levantes temprano para esquivar al ladronzuelo. Si podés, un día levantate antes y esperá atrás de la puerta a que tu vecino cometa su delito y cuando está con las manos en la masa, abrí la puerta. Con una sonrisa en tu rostro, hacele saber que está haciendo algo que no está bien. No volverás a tener problemas (y si los tenés, ahora ya sabés quién es y también tenés las pruebas suficientes como para hacerle la denuncia). En el caso del amarrete pedigüeño, empezá a decirle que te quedaste sin aceite, azúcar, galletitas y demás, y de a poco dejará de pedirte suministros.

Asesoraron: Licenciada Cecilia Lotero, psicóloga de Inepa (Instituto de psicología Argentino), y licenciado Esteban Mongiello, psicólogo de Iccap (Investigación en Ciencias Cognitivas Aplicadas).

 
 
Más notas de Nosotras