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Domingo 10/03

¿Qué hacer si tu pareja es madre-adicta?

Dicen que de los cuernos y de la muerte nadie se salva; y, últimamente, de los hombres muy apegados a sus madres, tampoco; qué hacer para, de a poco, ir sacando a tu suegra de tu cama

 
Foto: Archivo
Por Verónica Salatino


Como si una no tuviera ya suficientes excusas -todas válidas, por supuesto- para detestar a la suegra, ellos nos dan una más. Es que en los últimos tiempos los mameros parecen brotar de la tierra, se reproducen por millones y, lo que es peor, no lo reconocen. "Vos porque no querés a tu mamá", "lo que pasa es que tenés envidia", o simplemente "estás equivocada" son algunas de las frases de catálogo de estos muchachones. Sí, muchachones, porque hagamos catarsis y digámoslo de una buena vez: para "hombres" les falta, al menos rendir la materia "independencia" y cortar definitivamente el cordón umbilical.

Podemos intentar meternos en sus mentes laberínticas y llegar a la conclusión de que todavía no se les pasó el complejo de Edipo, ese que, según el psicoanálisis, aparece cuando el hijo se enamora de la madre y rechaza al padre, típico de la niñez (sí: de la ¡niñez!). Podemos arribar a la teoría de que todavía no pasaron por la adolescencia, esa etapa tan necesaria en toda persona durante la que, básicamente, detestar a los padres es un deber. Y hasta podemos intentar comprenderlos, apiadarnos de ellos o ver la situación simbiótica con su mamá con algo de humor. Pero no caigamos en ninguna de estas tentaciones, queridas amigas. Hay una alternativa mejor y, según los especialistas, mucho más acertada y fiel a la realidad: echarles la culpa a ellas, sus madres.

Así nacen y se hacen

La definición de "mamero" es aquella que asegura que se trata de hombres adultos que tienen una dependencia emocional con sus madres. A saber: todos, nosotras y ellos, terminamos de formar nuestra personalidad entre los 9 y los 10 años, y en la adolescencia comenzamos a desprendernos de las creencias maternales para crear nuestra propia autonomía. Ya cuando termina la adolescencia, llega la etapa de la independencia emocional, de la toma de decisiones.

Pues bien, todo este caminito que parece tan obvio, ellos se olvidaron de hacerlo. ¿Por qué? Porque sus madres no los dejaron. Son -siempre según los especialistas- esas madres que ya desde chiquitos sofocan al nene y no lo dejan hacer nada solo, ni siquiera empezar a caminar. Es que se trata de mujeres que construyen toda su vida sobre la base de sus hijos y, si a eso le sumamos un padre que no interfiere para cortar la simbiosis, el resultado está la vista: nace un nuevo mamero.

Los reconocés fácil porque son los que nunca corren riesgos, los que dan veinte vueltas para tomar una decisión y tienden a ser más bien estáticos. Y esto se debe a que nunca corrieron el riesgo de enfrentar el sistema de creencias que heredaron (¡se olvidaron de pasar por la adolescencia!) porque ellas no se lo enseñaron. Estas madres, en lugar de ponerles alitas para volar a sus hijos, las lavaron, las plancharon y las guardaron en el último rincón del arcón de los recuerdos, en el sótano de la casa, para que nadie pueda encontrarlas y ellas sigan teniendo el control.

Usted es la culpable

Ahí, en el banquillo de los acusados y con todas las pruebas en su contra está ella, la madre de nuestra pareja, nuestra suegra. Y su único abogado defensor es él, su hijo. Porque ellas crean a estos mameros que, como si fuera poco, suelen ser bastante narcisistas porque son personas que idealizan los vínculos y, por lo tanto, siempre tienden a buscar protección, lo mismo que les dio mami durante toda su larga vida.

Pero acá viene lo peor: madre argentina, si estás criando a un chico mamero porque creés que de esa manera será siempre tuyo, nunca te abandonará ni dejará de quererte y ambos serán felices y comerán perdices de por vida, debés saber que eso solo sucede en tu imaginación. Los mameros son personas frustradas, que no pueden ni saben cómo enfrentarse con la realidad, que no confían en ellos mismos y que están invalidados para tomar cualquier decisión emocional. Pueden ser

excelentes trabajadores y muy inteligentes, pero no pueden tomar decisiones que impliquen emociones. Y sí, mamita, es tu culpa. Vos creaste ese personaje con la autoestima por el piso, que supone que no puede avanzar en la vida si no tiene tu empujoncito detrás, que se siente indefenso frente al mundo si no está bajo tus polleras.

¿Cómo logran estas mujeres que, con 40 años, el nene siga complaciendo cada uno de sus caprichos, incluso en detrimento de lo que él mismo quiere? Usan el manejo emocional. ¿Viste todas esas veces que dijiste que tu suegra tenía doble cara? Bueno, algo de eso hay. Las madres de los mameros dan mensajes contradictorios; son las que comunican algo con el lenguaje verbal y todo lo contrario con el no verbal. Son las que, con una sonrisa, le dicen: "Andá de vacaciones con tu novia y pasala bien", pero lo que demuestran es su sufrimiento porque el nene se va, ellas se quedan solas en casa y no pueden chapotear en el mar mientras juntos arman castillitos de arena. Se suelen mostrar como mujeres con iniciativa, pero en el fondo son temerosas: tienen miedo de que sus hijos se independicen y les cuesta pensar en ellos como seres autónomos. Por eso los subestiman, sobreprotegen y descalifican, haciéndoles creer que si ellas no están ahí para ayudarlos, ellos no podrán hacer nada solos.

¡No te dejes engañar! No busques a una bruja con verruga y escoba. Por lo general, estas mujeres son simpáticas, dulces, divinísimas y, además, tienen el plus de que lo dicen todo con una sonrisa.

Grados de mamitis

Hay varios grados de mamitis aguda entre los hombres. Pero no te confundas, incluso el más leve es mamero igual:

  • Está el que se hizo el canchero y se fue de la casa. ¡Sí! Se independizó… pero es pura ficción porque sigue dependiendo de que la madre le lleve la milanesa los viernes o, en su defecto, va a la casa de mamá a comer o ¡a llevarle la ropa sucia! A favor: pudo tomar la decisión del desapego, pero no se da cuenta de que así sigue condenado a lo mismo. Que no te extrañe, además, que mami haya sido la que le compró el departamento y que, de alguna manera, él busque su aprobación para cada uno de sus pasos.
  • Está el que fue un poco más allá y se casó y logró hacer su vida, pero no quiere pasar ningún tipo de tensión con la madre; lo que se traduce en que todos los domingos hay que ir religiosamente a comer a su casa porque prioriza el no tener conflicto con ella por sobre el placer con su propia familia. Es típico que si lo invitás a un asado con amigos el domingo, aunque muera de ganas de ir, te dirá que no porque no puede fallarle a quien le dio la vida. Relega lo que sea con tal de satisfacer a su madre.
  • Y está el eterno solterón, que vive con ella y pasando los 35/40 siente que si él se va su mamá se queda sola, por lo que está preso de la situación. A los 20 no se fue porque estaba cómodo; cerca de los 30 le daba angustia decirle que se iba, y pasados los 35, ya no puede porque si no quién la cuida. Es aquel al que cuando era chico siempre le costó alejarse de su madre en lugares públicos, que tenía una crisis de angustia cada vez que ella lo dejaba en la puerta del colegio. Y hoy, de grande, vive cualquier instancia de separación con el mismo nivel de angustia.

¿Tiene cura?

La esperanza, amigas, es lo último que se pierde. Y hasta para los mameros sigue habiendo, aunque depende de que se decidan a iniciar un proceso terapéutico (tal vez, si mami se los pide…). Hablando en serio, aunque no lo digan abiertamente los mameros tienen mucha conciencia de lo que les pasa, pero no lo pueden compartir con nadie porque les da vergüenza. Entonces, cuando se abren a una terapia, los cambios comienzan muy rápido porque esa autocrítica que ya tienen –aunque oculta– más el trabajo adecuado genera efectos sorprendentes.

Por lo general, cuando sienten que se le superponen vínculos muy profundos (por ejemplo, su mamá y su pareja), acceden a ir a terapia porque se dan cuenta de que es hora de tomar una decisión, de que no necesariamente es "ella o yo"; es decir, nadie les pide que abandonen a sus madres ni que dejen de quererlas, pero sí que comprendan que la independencia no es sinónimo de ausencia de amor, sino más bien de todo lo contrario.

Consejito: si querés ayudarlo, reforzale la confianza, la autoestima, pero no reemplaces a su mamá en la resolución de conflictos. No te conviertas en una madre sustituta, pero sí enseñale, con amor y en conjunto, a fortalecer la autoconfianza. Y si en algún momento puede correrse de la relación con su mamá, aplaudilo. A eso los psicólogos lo llaman refuerzo positivo: hacerle fiestita cada vez que logra algo solo, tal y como le hacés a tu nene cuando logra dar sus primeros pasitos sin ayuda.

Si caíste en las redes de uno de estos muchachones, ¡paciencia! Y capitalizá la experiencia a tu favor para, el día de mañana, no criar vos a tus propios mameros.

 
 
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