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Domingo 10/02

Qué hacer cuando los chicos "se aburren" en vacaciones

Es uno de los clásicos malabares maternos -entretener a los chicos cuando no hay clases- se prolonga hasta la adolescencia; leé las reflexiones de nuestra columnista Débora Pérez Volpin al respecto

Foto: Archivo

Febrero, regreso de vacaciones y al trabajo sin anestesia. Motores a media máquina, pero el ánimo renovado para encarar el año con toda la energía. Cuando todavía estoy haciendo malabarismos para acomodar a los chicos sin nada que hacer con mi agenda de trabajo (que suele incluir cubrir el horario de otros compañeros que descansan), llega la frase tan temida: "¡Me aburrooo!"

Imaginen la situación. Ya no están para colonia y encima pretendo ponerles horarios para que no pasen todo el día frente a la computadora, que es una especie de suero vital y completamente adictivo. ¿De qué nos disfrazamos, entonces? Aterriza la idea salvadora que consiste en repartir las tardes con sus amigos, de modo que al menos dos veces por semana las hordas se instalan en mi hogar. Adiós a las siestas reparadoras y me dispongo a preparar meriendas mayúsculas para muchas caras contentas. Los escucho conversar desde un segundo plano. Es casi como espiarlos por la cerradura de su universo, tan distinto al mío de aquellas épocas sin obligaciones, ¿o no tanto?

El grupo de chicas está por empezar séptimo grado, el de varones pasa a segundo año del secundario. Las hormonas parecen un festival de fuegos artificiales. Ellas hablan de tutoriales y de sus grupos de Facebook, disimulando que todo el interés está puesto en los movimientos masculinos. Aprendo que los tutoriales son videos hechos por adolescentes donde paso a paso se pueden hacer peinados, maquillarse y hasta pintarse las uñas con motivos incopiables. Ellos hablan de la nueva versión de un juego en red, de la aplicación del iPad que permite dictar frases para Twitter en lugar de escribirlas, y de cuántas suscripciones tienen en su canal (que es lo mismo que decir cuenta) de YouTube, sobreactuando la indiferencia que les provoca la presencia de las "nenas". A lo lejos, trato de pasar en limpio lo que dicen y siento que necesito un traductor simultáneo, pero el caso es que sus intereses vienen sin subtítulos.

De pronto surge algo en común: la música. Se ríen cuando alguien imita al protagonista del "Gangnam Style" y así, espontáneamente, deciden grabar un videoclip del que quieren participar todos. ¿Quién filma? -Ma, ¿podés vos?

Como por arte de magia me transformo en maquilladora, peinadora y camarógrafa del evento. Hay como ocho directores que me dicen lo que tengo que hacer. -Vos apretá acá para poner la música en cada toma y con este botón filmás. Hago lo que puedo, pero soy curiosa y observadora en mi trabajo, de modo que me defiendo bastante bien.

La casa se transforma en una sucesión de escenografías. Si lo vieron, el video original está grabado en varios lugares distintos; por lo tanto mi living, el patio, la escalera y hasta el baño sirven como decorados de una tarde perfecta. Nos entusiasmamos y divertimos. Ellos bailan, se miran, se coquetean, yo transpiro. Ni bien terminamos de filmar, lo bajan a la computadora y lo editan con una velocidad sorprendente. Disfrutamos de la tarea concluida mirándolo varias veces seguidas. Una de las chicas pregunta si estaría bien subirlo a YouTube. Los varones niegan a coro, a ver si todavía alguien los reconoce. Estoy feliz por haber compartido una actividad con y para todos, repitiendo la historia de cuando yo era chica y venían a mi casa los amigos de mi hermano mayor y me ponía colorada cuando alguno, por casualidad, me pedía en la mesa que le pasara la manteca para las tostadas. La vida corre inexorablemente, pero algunas tardes largas de verano parecen detenerse sólo para que tengamos la oportunidad de saborear cómo crecen nuestros hijos, y si todavía podemos aportar algo para sacarlos del aburrimiento. Estar cerca sin invadirlos: para eso están ellos y sus amigos, que se apropian de cada rincón de la casa.

 
 
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