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Miércoles 23/05

Cómo acompañar los cambios de tu hijo en la adolescencia

De un día para el otro no quieren bañarse, traen al novio a dormir a casa o pretenden ir a bailar de noche cuando todavía no tienen la edad suficiente; los padres deben tratar de entender y convivir con estas nuevas escenas

Foto: Corbis
Por Verónica Salatino

La adolescencia es esa etapa en la que los chicos dejan de ver a los padres como Superman y los empiezan a ver como Clark Kent", dice Gastón Ieraci, psicólogo social especialista en problemáticas adolescentes. Y profundiza: "Tiene que ver con que es la etapa en la que están con un pie en la niñez y con el otro quieren estar en el adultez. Eso sí: quieren estar en la adultez pero sin perder los beneficios de la niñez, aunque no desean que los traten como niños". Esta especie de trabalenguas refleja a la perfección la adolescencia. A veces más perdidos y otras más orientados, intentan encontrar su propio camino para llegar a la salida, pero mientras tanto se enredan en mil vueltas, se dejan seducir por senderos que parecen de rosas y terminan teniendo de espinas, se caen y se levantan, vuelven a intentar, prueban yendo para el norte y luego para el sur y a veces se sienten atrapados y sin saber hacia dónde ir.

Y ahí es donde deben estar los padres, para dejarlos hacer su propio camino -porque eso es lo que ellos necesitan-, pero ayudándolos a comprender las consecuencias de transitar cada uno. "El adolescente permanentemente busca un límite. Laura Ingalls hubo una sola. La realidad es que el pibe es más confrontativo: busca un límite, pero te va desafiando para ver hasta dónde te puede probar. La cultura del adolescente es la mentalidad del ‘no pasa nada’", dice Ieraci.

Y en un mundo en el que los límites parecen estar borrosos, esto es fundamental. "Los adolescentes hoy no tienen límites con el cuerpo", dice la licenciada Rosina Duarte, psicóloga especialista en niños y adolescentes y miembro de Clinicar. "Y por eso es importante el acompañamiento. Hay que mostrarles todo y acompañarlos muy de cerca, y aceptar las diferencias porque el mundo que les toca vivir a ellos no es el mismo que el que nos tocó a nosotros", suma.

Paternidad vertical

Si hay algo que no está en discusión es que la línea que no se puede pasar es la que divide a los padres. Esa verticalidad no debe convertirse nunca en horizontalidad. No hay que confundir entonces diálogo y apertura con hacerse el amigo. "No es hacerse el cool. Te acompaño enseñándote los riesgos, tratando de prevenir situaciones que más adelante podamos lamentar, pero si no hay una línea de autoridad, todo está perdido", explica Duarte, para quien, de todos modos, es importante que los padres puedan aggiornarse a 2012. "Si viene tu hija y te cuenta –porque esto está pasando- que una chica le practicó sexo oral a alguien, no te horrorices frente a ella. Aprovechá eso para charlar, explicarle la importancia de que respete su cuerpo, su intimidad, y después horrorizate solo. Hay que perder el miedo e ir para donde nos llevan", ahonda la especialista.

He ahí el quid de la cuestión: aprovechar. Sí, hay que aprovechar cada nueva ventanita que los hijos abren para convertirla en un gran portal de oportunidades. "Los chicos de hoy tienen mucho más acceso a la información. Si esa información no la transformamos en educación, surge el problema", refuerza Ieraci.

Entonces, la actitud debe ser siempre de apertura para estar atentos a lo que dicen, poder decodificarlos correctamente y acercarles, entonces, la información que precisan. Porque no van a venir, abiertamente, a pedir un consejo o a contar que necesitan hablar sobre tal tema, pero si lo sabés escuchar y decodificar podrás darte cuenta de qué temas le están preocupando. Claro que esto es mucho más sencillo si el diálogo se entabló con los chicos desde pequeños. "Se tiene que llegar a la adolescencia con un diálogo súper abierto porque, si no es así y a los 14 querés hablar de algo serio, se va a complicar", dice Duarte, aunque aclara que nunca es tarde para empezar el vínculo: "Hay que buscar la manera de acercarse al adolescente desde un lugar donde no se sienta invadido, copiado, que no crea que te querés acercar ahora cuando nunca te interesó hacerlo antes. De hecho, hay que hacer un mea culpa y, en muchos casos, es preciso pedir perdón por no haber estado cerca o por no haberse demostrado interesado en sus cosas cuando, en realidad, sí había interés".

"Quiero ir a bailar a la noche"

Hay algunos comunes denominadores a todos los chicos que transitan esta etapa que los padres sufren. Están los que no quieren bañarse, los que creen que ya están en edad de salir de noche, los que quieren irse de vacaciones con sus amigos, los que quieren irse a dormir a la casa del novio y los que toman por el camino de los excesos (ya sea alcohol, drogas o comida).

"Si tu hija te está planteando que quiere ir a bailar a un boliche de grandes a los 14 es porque ella cree que tiene cierta madurez", dice la psicóloga de Clinicar. Por lo tanto, otra vez, es una buena idea aprovechar este planteo para sentarse a hablar sobre el mundo de los más grandes, pero nunca, bajo ningún punto de vista, hay que prohibírselo sin argumentos. "Hay que tener apertura a escuchar y a las diferencias, pero en una discusión con criterio. Imponerse no es aconsejable, porque no lográs nada. Hoy te pide ir a bailar y si le decís que no sin argumentar, la semana que viene te dice que va a dormir a lo de una amiga y, en realidad, se va a bailar", explica Duarte.

En tanto, Ieraci agrega: "Si los padres esperan que los hijos les vengan a decir que quieren ir a la trasnoche a bailar, ya llegaron tarde. Hay que trabajar la respuesta de antemano. Si la dejaste ir a la matiné es cuestión de tiempo el hecho de que te venga a plantear que quiere ir a la noche, entonces hay que adelantarse a pensar la respuesta cuando eso suceda". Según el especialista, los adolescentes confunden el deseo con la necesidad; por lo tanto, el hecho de que deseen, por ejemplo, ir a bailar a la trasnoche, lo convierten en una cuestión de vida o muerte: "Si no voy me muero, porque van todos", suelen decir. Entonces, los padres deben decodificar este mensaje y hacerles comprender, de buena manera, que ellos tienen un deseo, pero no una necesidad y eso no es lo mismo. "El no porque no, no sirve", coin-cide Ieraci con Duarte. "Hay que generar un marco, hay que darles herramientas para que se manejen en determinadas situaciones, porque nosotros no podemos estar las 24 horas con ellos", agrega.

Las drogas y el alcohol también son dos problemáticas que suelen preocupar a los padres. Y la salida es la misma. "Hay que poder ponerlo en palabras", insiste el psicólogo social. Y añade: "Si no te dice nada, no quiere decir que no tenga dudas. Si el chico se droga es como consecuencia de que no hubo diálogo en la familia, entre otras cosas. Lo que hay que generar es un vínculo y hacerse cargo. Hay padres que no quieren enterarse de que los hijos se drogan, porque no se quieren hacer cargo de esa situación".

"No me quiero bañar"

Hay rebeldías adolescentes que pueden dar lugar al humor, pero que los padres las viven con angustia. La negativa a bañarse es una de ellas. Ante este tipo de situaciones, sólo queda proyectar, dice Ieraci. "Hoy no te bañás, pero mañana sí. No pueden pasar más de 48 horas sin que te bañes", sugiere el especialista para quien, con estas actitudes, los chicos no hacen más que probar a sus padres para ver hasta dónde pueden correr el límite. "Yo no creo que un chico se levante a la mañana y diga: ‘Desde hoy no me baño más’. No es una decisión abrupta. Es parte de un proceso gradual. Si se planta con eso es porque ya se plantó con otras cosas antes y fue probando", insiste.

Sin embargo, para lograr los mejores resultados siempre hay que plantearles estos límites de un modo que los chicos los entiendan; sin imponerse porque sí. Así, Duarte sugiere que, ante estas situaciones u otras similares como no querer lavarse los dientes, es importante contarles -y acercarles información que puedan ver, para que no crean que se trata de un capricho de sus padres- las consecuencias de no lavarse los dientes o no bañarse; consecuencias que, en muchos casos, atentan incluso contra algunas de las cosas que más les interesan a ellos: su imagen y su salud.

"Me quedo a dormir en la casa de mi novio"

El mismo planteo vale para otras situaciones que los padres toman con menos humor. "Mamá, me quedo a dormir en la casa de mi novio" no es una frase muy feliz que una madre o padre pueda escuchar de boca de su pequeña adolescente. Y lo mismo cabe si es el novio el invitado a la casa familiar. Según Ieraci, ahí amerita preguntarle: "¿En concepto de qué te vas a quedar a dormir?". Y, de esa manera, abrir la charla. Una conversación que, insisten los especialistas, debe estar en todo momento y no inaugurarse recién en la adolescencia. "Si no te enteraste antes, te estás enterando ahora de que tu hija duerme con su novio. Ésta es su manera de anoticiártelo. Por lo tanto, que le digas que sí o que no es irrelevante, pero sí es importante que puedas tener una charla para abrirle otro mundo. Aunque ella se haga la canchera y te diga que ya sabe todo sobre el sexo, llevala a un ginecólogo, explicale cómo usar los preservativos, cómo cuidarse en todo sentido y estate muy cerca", recomienda la psicóloga.

En definitiva, el diálogo es, en todos los casos, la mejor y única alternativa. No hay otra. Aunque le des mil vueltas, el único camino posible para una buena relación y, sobre todo, para prevenir ciertos riesgos que hoy están al alcance de las manos de todos los adolescentes, es el diálogo. Y eso implica hablar y escuchar al otro también, y tratar de comprenderlo, aceptar lo que dice y entablar así un ida y vuelta en el que prime el respeto. El monólogo, el "es así porque yo lo digo y basta" sólo lleva a un callejón que no tiene salida. Vivimos en la era de Internet, en la que los chicos están sobreinformados y con un solo click hallan las respuestas que buscaban (y más). En un momento en el que, para ellos, todo tiene una explicación y encontrarla está a un microsegundo, no esperan menos de sus padres. Información, apertura y aceptación son, entonces, las herramientas con las que debés encararlos para ayudarlos a llegar, sanos y salvos, a la salida del laberinto: la adultez. ••

 
 
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